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lunes, 4 de junio de 2007

La violencia ...jamás se justifica

¿En qué consiste la
violencia doméstica?
Por el Dr. Jesús Arina



Actualmente, el problema de la violencia doméstica contra la mujer es tan serio que es comparable con el problema del SIDA. De 2 a 4 millones de mujeres anualmente son agredidas por su compañero, esposo, novio, o amante. Entre el 15 y el 25 % de esas mujeres están embarazadas; lo cual hace más grave aún el problema.
Las estadísticas nacionales muestran que la esposa golpeada resulta con más daños y necesita más ayuda y tratamiento médico que las afectadas por violación, accidentes de autos y asaltos, en conjunto. Las mujeres maltratadas constituyen el 20 % de las mujeres que acuden a los servicios de emergencia con heridas.
La violencia doméstica no siempre resulta fácil de definir o reconocer. En términos generales podríamos designarla como el uso deliberado de la fuerza para controlar o manipular a la pareja o a la prole.
Se trata del abuso psicológico, sexual o físico habitual. Sucede entre personas relacionadas afectivamente, como son marido y mujer o adultos contra los menores que viven en un mismo hogar.
La violencia doméstica no es solamente el abuso físico, los golpes, o las heridas. Son aún más terribles la violencia psicológica y la sexual por el trauma que causan, que la violencia física, que todo el mundo puede ver. Hay violencia cuando se ataca la integridad emocional o espiritual de una persona.
Pero siempre la violencia física, la más evidente, es precedida por un patrón de abuso psicológico, que es usado sistemáticamente para degradar a la víctima, para erosionar y aplastar la auto-estima de la mujer.
La violencia psicológica se detecta con mayor dificultad. Quien ha sufrido violencia física tiene huellas visibles y puede lograr ayuda más fácilmente. Sin embargo, a la víctima que lleva cicatrices en la psiquis o alma le resulta más difícil obtener compasión y ayuda. También lo dificulta, por ejemplo, la habilidad manipuladora de su esposo que presenta a su esposa como exagerada en sus quejas.
A la violencia física precede, a veces, años de violencia psicológica. La violencia psicológica es, despreciar a la mujer, insultarla de tal manera, que llega un momento en que esa mujer maltratada psicológicamente, ya cree que esos golpes se los merece. Y qué difícil es convencer a una mujer de que vaya a pedir auxilio cuando cree que no lo necesita.
Hay mujeres que se avergüenzan por lo que les sucede y que hasta se creen merecedoras de los abusos. Por eso prefieren mantenerlos en secreto y así esa situación puede prolongarse durante años. Los que maltratan a sus víctimas lo hacen de acuerdo a un patrón de abuso psicológico.
Igual que en el caso del alcohólico, el que golpea a una mujer o la maltrata psicológica o sexualmente, lo primero que hará es negarlo.
Negación es decir: "No, es que yo le pego con razón". No hay ninguna razón para golpear a una mujer, ni a nadie. Pero lo niegan. Dicen: "Yo no la he golpeado, yo no le hecho nada, sólo tocarla".
Otra forma de abuso psicológico es el aislamiento. He conocido casos en que le hacen el vacío a la mujer, ni le hablan, ni la miran y entonces ella se va creyendo que se merece ese trato.
La intimidación es también un abuso. "Si dices algo te mato." Muchas mujeres no se atreven a hablar, por las amenazas que sus maridos o sus compañeros lanzan contra ellas.
Otra forma dentro de ese patrón de abuso psicológico es echarle la culpa a la víctima, la mujer. Desde que se inventaron las excusas y eso viene desde Adán y Eva, uno le echa la culpa al otro.
Tanto el adicto a cualquier droga como el abusador, siempre tienen excusas y le echan la culpa a alguien.
Conocí a una mujer cuyo marido la golpeaba porque se ponía "jeans". Y yo le preguntaba al esposo: "Ud. qué prefiere, ¿que vaya con una falda corta?" No sabía que responderme. Le echaba la culpa a ella y por eso le pegaba. "No - le dije yo - Ud. no la golpea por los pantalones, sino porque Ud. es una persona insegura que no cree ni en su mamá. ¿Le ha dado ella motivo para que Ud. sea celoso?" "No, ella no me ha faltado" me respondió. "Entonces por qué le pega?"
También dentro de ese hábito de abuso psicológico está el abuso económico. "Si dices algo no te voy a dar la mensualidad". Vi un caso en que dejó a la esposa, porque finalmente ella fue a la policía, porque por poco la mata. El hombre la cogió por el cuello y la esta ahogando. Si no es por el hijo mayor, que agarró a su padre y le hizo una llave, la mata. La hija de 11 años llamó a la policía. Y ese hombre decía que no, con todos los golpes que dio, aún lo negaba. Llamó a un abogado y trató de quitarle la casa a su esposa.
Vino la policía, levantó el acta y cuando al día siguiente fue la mujer a preguntar le dijeron: "A su esposo ya lo soltamos". "¿Cómo?" "Porque el sargento no firmó el parte policial". ¿Y qué culpa tienen la mujer y los hijos? Después de esto el hombre le puso una demanda de divorcio, se siente ofendido, a pesar de que por poco la mata delante de sus hijos. La mujer no tiene dinero para pagar abogados.
Dentro de ese abuso psicológico de los maridos que golpean (lo que se llama en psicología la triangulación), hay otro tipo de abuso: utilizar a los hijos para hacerles sentir culpables a las esposas. En este caso los hijos sirven de mensajeros: "dile a tu madre que..."
Las amenazas a través de los hijos, las amenazas de que le van a quitar al hijo, todos estos son abusos psicológicos que preceden al abuso físico. Yo se lo pronostiqué a una persona por lo menos 8 meses antes. Le dije: "Su esposo la va a golpear". "No, él es incapaz", me respondió ella. Y así sucedió, aunque él es Ministro de la Eucaristía. No es por ser Ministro por lo que ha hecho esto, sino por no ser un buen Ministro.
Todos estos abusos impiden que la mujer deje el hogar, ese hogar violento. Es que esa paliza psicológica a que están sometidas muchas mujeres, es más horrorosa que el abuso físico. Pregúntele a cualquier mujer a la cual han maltratado físicamente qué es lo que le duele más; si las palabras hirientes, los desprecios o los golpes. Los golpes se pasan, los abusos psicológicos, los insultos, los desprecios se clavan en el corazón.
Nota: El Dr. Jesús Arina es psicólogo en la práctica privada en Miami, Florida, U.S.A.

Manifestaciones de violencia psicológica:
a) Abuso verbal: Rebajar, insultar, ridiculizar, humillar, utilizar juegos mentales e ironías para confundir, etc.
b) Intimidación: Asustar con miradas, gestos o gritos. Arrojar objetos o destrozar la propiedad.
c) Amenazas: De herir, matar, suicidarse, llevarse a los niños.
d) Abuso económico: Control abusivo de finanzas, recompensas o castigos monetarios, impedirle trabajar aunque sea necesario para el sostén de la familia, etc.
e) Abuso sexual: Imposición del uso de anticonceptivos, presiones para abortar, menosprecio sexual, imposición de relaciones sexuales contra la propia voluntad o contrarias a la naturaleza.
f) Aislamiento: Control abusivo de la vida del otro, mediante vigilancia de sus actos y movimientos, escucha de sus conversaciones, impedimento de cultivar amistades, etc.
g) Desprecio: Tratar al otro como inferior, tomar las decisiones importantes sin consultar al otro.
Síntomas para reconocerse víctima de violencia doméstica:
a) ¿Has llorado hasta dormirte por haber sido golpeada o insultada por tu esposo?
b) ¿Has ocultado heridas o hematomas quedándote en casa, o poniéndote lentes oscuras?
c) ¿Te has dicho a ti misma: "Esta situación va a mejorar, debo tener paciencia"? No te engañes. Con esa actitud sumisa alientas al abusador a que continúe igual o peor.
Violencia doméstica y divorcio:
Existe una violencia frecuente en las familias de divorciados: Utilizar a los hijos como campo de batalla para dirimir sus odios, resentimientos o incapacidad de dialogar como adultos. Se abusa de los hijos cuando uno de los padres les habla mal del otro o cuando les obligan a llevar mensajes de frustración y culpabilidad entre sus padres. Con eso todos se hacen daño, pero el más afectado suele ser el mensajero.
Nota: Este último párrafo se inspira en el libro "Apuntes de vida y fe" del Dr. Jesús Arina, Miami, Florida.


Incomunicación e insatisfacción sexual, causas de infidelidad

Este fenómeno convergen factores como la cultura, costumbres, educación, autoconcepto, autoestima, lo económico y la frustración de los cónyuges.

México, DF.- Problemas de comunicación, insatisfacción sexual, falta de amor y dinero, así como necesidades insatisfechas o "desquite" son las principales causas de infidelidad en hombres y mujeres, afirmó Blanca Elena Mancilla, profesora de la Facultad de Psicología (FP) de la UNAM. Al dictar la conferencia "Causas de la infidelidad en la pareja", destacó que en este fenómeno convergen factores como la cultura, costumbres, educación, autoconcepto, autoestima, lo económico y la frustración de los cónyuges.

En un comunicado de la máxima casa de estudios refirió que en la FP se investigaron las causas de por qué un hombre o una mujer son infieles, con el propósito de definir los elementos o factores que se deben trabajar en psicoterapia, para prevenir una relación disfuncional que lleve a esta conducta.

Así se entrevistaron 300 sujetos heterosexuales en pareja con edad mínima de 25 años y máxima de 40.

El estado civil abarcó casados, unión libre y noviazgo, este último con un mínimo de un año de duración.

Los entrevistados coincidieron en definir a la infidelidad como el hecho de haber tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio, o con otro u otra que no fuera su pareja.

Tanto hombres como mujeres informaron que si en el momento de cometer la infidelidad estaban enojados con su pareja, pues entonces consideraban que no habían sido infieles.

Las mujeres reportaron como principal causa la falta de comunicación, y con ello se referían a que su pareja no compartía con ellas sus inquietudes, planes, problemas en el trabajo o gustos, por lo que relacionarse con otro hombre es una manera de rescatarse.

Sin embargo, esto no mejora su situación porque con el amante repiten el mismo patrón, se cita en el comunicado.

Asimismo, según la encuesta, las mujeres consideraron que otras causas de infidelidad son la insatisfacción sexual, la falta de amor, que los hombres sean desobligados a la hora de dar dinero, el "desquite" o necesidades insatisfechas como reconocimiento, reafirmación, ausencia de sentimientos de seguridad, machismo e incapacidad para relacionarse afectivamente.

En el hombre, apuntó, la primera causa son las características personales, después, problemas de comunicación, insatisfacción sexual, falta de amor, la poca higiene de su pareja y la revancha.

La manía de complacer

Nadie se conforma con un reducido círculo de amistades sólidas, sino que aspira a quedar bien con todo bicho viviente


Las estrategias publicitarias de la época halagan al consumidor, insinuándole que es estupendo y maravilloso, que se merece un estatus más alto y un mayor grado de confort, que todos sus deseos deberían convertirse en realidad. En la misma línea, el discurso político dirigido a las masas se ha despojado de la antigua severidad de las consignas y ya no ordena al ciudadano cómo debe ser, sino que le pregunta qué quiere ser y cuáles son sus aspiraciones. Las firmas comerciales y las formaciones políticas necesitan hacer amigos, granjearse las simpatías del mayor número posible de personas, orientar sus esfuerzos hacia el asentimiento de la mayoría.

Esa misma tendencia ha penetrado en las relaciones personales. Nadie se conforma con un reducido círculo de amistades sólidas, sino que aspira a quedar bien con todo bicho viviente. Y no es algo de lo que en principio debamos avergonzarnos. Los humanos somos seres sociales necesitados de la aprobación y el reconocimiento de nuestros semejantes. La Psicología explica, por otra parte, que las personas integradas en su entorno tienen más probabilidades de alcanzar el equilibrio y disfrutar de una buena salud mental que quienes viven aislados, enfrentados con su hábitat, sin amigos y mal vistos por quienes les rodean.

Pero entre ser afectuoso, servicial y amable, y tomarse la vida como un concurso de popularidad va un largo trecho. Cuando sólo se aspira a coleccionar reconocimientos externos, aunque sea con la mejor de las intenciones, es muy probable que se pierda el rumbo de la propia mejora. El mayor aprecio es el que deriva del conocimiento profundo, y es difícil que todos puedan conocernos lo suficiente. Más aún: por regla general, quien intenta agradar por sistema se oculta tras una capa de apariencias, de fingimientos y de máscaras que al final lo hacen irreconocible. Podrá considerarse popular o simpático, cosa sin duda gratificante en esta era del éxito social a toda costa. Sin embargo, ni eso certifica la rectitud de su proceder ni le garantiza el beneficio final que de él vaya a obtener.

Muchas personas condicionadas por la opinión ajena, por el qué dirán o las ganas de agradar, terminan siendo víctimas de la incertidumbre inherente a estas preocupaciones. En lugar de forjarse una personalidad propia, se han hecho con un vestuario repleto de disfraces. Todos conocemos personas dotadas de un innato don de gentes; comportarse con cortesía y buenas maneras también facilita la aceptación de los otros. Pero la excelencia absoluta no existe. Nada hay más absurdo que pretender sacar buena nota en todos y cada uno de nuestros actos. Sólo los dictadores y algunos artistas de circo ganan por aclamación; el resto pasamos por la vida con mayor o menor éxito, pero siempre como la lluvia que no cae a gusto de todos.

Quienes porfían en este empeño inútil acaban siendo rehenes de su versatilidad. Se comprende al muchacho tímido que, encontrando obstáculos para ganar amigos, se presta a hacer favores y soportar abusos con tal de ser admitido en el grupo. No hay que juzgar mal al adolescente incapaz de dar una negativa por miedo a descender en el escalafón de popularidad del colegio. Pero la madurez comienza cuando uno deja de entender la vida como un campeonato de simpatía y, sin depender de la opinión de los demás, busca su realización personal en el propio proyecto de vida.

El medio urbano actual, que privilegia las apariencias debido a la brevedad y la discontinuidad con que se producen en él los encuentros entre personas, impone en cierto modo una idea del éxito basado en el coleccionismo de relaciones. Hay que tener una agenda repleta de nombres y teléfonos, ser conocido, estar integrado en un grupo lo más numeroso posible. Poco importa que la mayoría de esas relaciones sean superficiales. A la hora de la verdad es probable que ninguno de esos teléfonos responda y que entre esa muchedumbre de amigos no haya un solo hombro en quien poder llorar las penas ni una puerta donde encontrar cobijo. Pero su número crea la ilusión de presencia, la falsa idea de una completa integración en la sociedad.

Como saben bien los políticos enganchados a las encuestas y los sondeos de opinión, el argumento de la cantidad empieza a imponerse irracionalmente sobre el de la verdad, el de la calidad o incluso el de la conveniencia. Las emisoras de radio y de televisión ya no rivalizan entre sí por ofrecer mejores productos, sino por alcanzar los mayores índices de audiencia aun a costa de rebajar muchos de sus programas hasta el nivel de la pestilencia. Esa mentalidad ha penetrado en la escala de valores de mucha gente que ahora sólo aspira a pasar a todas horas la prueba del reconocimiento general, del asentimiento de la mayoría.

Las respuestas asertivas nunca deben estar condicionadas por la presión emocional o el temor a disgustar. Las personas que nunca discrepan, que se desviven por recibir el aplauso ajeno, consideran erróneamente que de ese modo se evitan problemas. No está tan claro. La huida del conflicto suele llevar a otros conflictos mayores. Cuántas veces quienes dicen 'sí' a todo se encuentran al poco tiempo metidos en atolladeros de los que sólo pueden salir aplazando compromisos, inventando pretextos falsos para justificar sus incumplimientos o dando explicaciones confusas de sus contradicciones.

En una anotación de sus 'Cuadernos' escribía Jules Renard: «La mala caridad es la que ofrece antes un vaso de vino que un mendrugo de pan». El complaciente de oficio está en primera fila cuando vienen bien dadas, pero desaparece como por ensalmo a la menor exigencia de compromiso. La empatía no es una estrategia comercial. Pensar en los otros no es pensar en qué imagen dar a los otros, sino ponerse en su lugar y, si fuera preciso, plantarles cara si con ello creemos hacerles algún bien.
Lo expresó un tanto cínica, pero acertadamente, el satírico Henry Louis Mencken: «Vive de manera que puedas mirar fijamente a los ojos de cualquiera y mandarlo al diablo»