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lunes, 18 de junio de 2007

En busca de la figura paterna

Por: Laura Toribio y Karina Álvarez
17/06/2007

Padre sólo uno. O muchos. A veces cualquiera que acepte el papel. Porque a falta de una figura paterna, los niños no dudan en adoptar la suya allí donde la encuentran.

Padres pueden ser los abuelos, tíos, primos, hermanos o amigos de la madre, quienes desempeñan ese rol cuando aquel que procreó no está presente. Y hasta donde las cifras nos informan, son más de los que pensamos.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Población (Conapo), uno de cada tres niños crece sin padre.

De los 21.8 millones de padres que hay en México, únicamente 20 por ciento está en contacto cotidiano con sus hijos y tres de cada diez sólo temporalmente -por las noches o los fines de semana-. En contraste, casi 24 por ciento de los niños son criados por sus abuelos.

Todo anuncia que la crisis de la paternidad ha llegado: el papel de los padres y los lindes de sus responsabilidades se difuminan en una sociedad donde cada día son más las mujeres que se arriesgan a asumir el doble papel de madre y padre y, además, la resposabilidad económica que ello implica.

Los divorcios, la reproducción asistida y la percepción acostumbrada de que el hombre solamente es el proveedor han contribuido a desdibujar el papel que los padres desempeñan en una familia.

El Conapo argumenta que "los roles asignados a la paternidad no son estáticos y el papel de padre es redefinido a partir de cambios en las relaciones entre hombre y mujer, generados, entre otras cosas, por la creciente libertad para decidir cuándo y cuántos hijos tener, mayores niveles educativos y la mayor participación de las mujeres en la actividad económica remunerada".

Cierto que cada día son más las familias desintegradas, disfuncionales, dicen los especialistas. Pero en el sano desarrollo emocional de un niño siempre es recomendable manenter el contacto con una figura paterna, que no necesariamente debe ser el padre biológico; puede ser cualquier hombre que cumpla ese rol, consideran los expertos entrevistados por Excélsior, para quienes la presencia de un hombre en la familia sigue siendo imprescindible y su papel, muy importante en el desarrollo del niño.

"La función paterna es indispensable para el desarrollo armónico de la personalidad. Hay familias monoparentales, de madres solteras, pero siempre hay alguien que ejerce la función de padre: pueden ser los tíos, los abuelos, muchas veces el novio de la mamá", dice el sicólogo Manuel González Oscoi, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Asegura que, aun cuando una madre impida que el padre mantenga contacto con sus hijos, siempre lo van a buscar o su figura la sublimarán en personajes de cuentos o películas.

"El niño o la niña tiene que aprender a distinguir y a comportarse de acuerdo con su género. No es recomendable que crezca sin la figura paterna", recomienda.

Para el doctor en sociología de la UNAM, Mario Salinas, la ausencia de un padre influye para que el menor tenga un desempeño normal en su vida de adulto.

"La madre soltera en muchas ocasiones intenta suplir al hombre, pero eso es imposible. La figura del padre es necesaria para alimentar una identidad sana en el individuo. De otra manera puede haber un desequilibrio que marcará su forma de ser y de relacionarse con los demás", considera.

El especialista advierte que el papá representa el concepto de ley para el niño, por lo que su ausencia puede provocar que algunos pequeños se conviertan en delincuentes.

"Hay estudios que demuestran que los chicos que no tuvieron una figura paterna -o que sí la tuvieron, pero fue un alcohólico o golpeador- son más propensos a consumir drogas o a robar", asegura.

Fernando Bolaños, coordinador del programa de atención terapéutica de la organización Hombres por la Equidad, dice que en nuestro país la paternidad es una tarea que muchos hombres reprueban.

"Muchos padres tienen poco contacto con sus hijos y cuando están en casa sólo es para dar órdenes o regañarlos. Lamentablemente, este es el estereotipo que impera en nuestra sociedad. Generalmente, los hombres comienzan a convivir con sus hijos sólo después de los cinco años, cuando ya no tienen que cambiar pañales o dar mamila".

Bolaños asegura que, por costumbre, ser padre significa sólo convertirse en proveedor: ir a trabajar y dar dinero, pero no contribuir a una adecuada convivencia en la familia.

Sus palabras tienen sustento en las estadísticas del Conapo, las cuales demuestran que la mayoría de padres sigue participando como principal proveedor económico en el hogar, ya que nueve de cada diez son económicamente activos.

No obstante, la presencia de la figura paterna es irremplazable. "El padre es importante en cualquier etapa de la vida y sería más si tuviera una relación más allegada con sus hijos". Por esa falta de relación, por esa ausencia, cada vez son más las mujeres que se convierten en madres solteras por elección.

María Rosa Sauri, auxiliar en el área de sicología del Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, asegura que la decisión de tener un hijo sin el apoyo de un hombre tiene implicaciones sicológicas en el crecimiento y desarrollo de los niños.

Esto sucede porque las mujeres se adjudican papeles femeninos, masculinos, paternos y maternos, ejerciendo una doble función. "Cuando una mujer no cuenta con el apoyo de una pareja, crea temores en sus hijos: inseguridad y problemas de depresión. No importa si son hombres o mujeres", asegura.

19.3 millones de hombres viven con su pareja y con sus hijos, y sólo 275 mil están separados o divorciados, 166 mil son padres solteros y 341 mil son viudos.

20.1 millones de padres viven con sus hijos, de los cuales 17.2 millones tienen entre 25 y 64 años de edad, 2.2 millones son adultos mayores y 700 mil son menores de 25 años, según el Consejo Nacional de Población.

Tomado de www.nuevoexcelsior.com.mx

Sobre pleitos y diferencias

PSICOLOGIA COTIDIANA
MARÍA REYES GARCÍA TRUJILLO *

Nadie diría que aquella pareja tan bien avenida, paradigma de la estabilidad y equilibrio conyugal, aparentes almas gemelas, con gustos, ideas y aficiones tan similares, podría entrar en situaciones de tal desencuentro. El caso es que ni ellos mismos podían explicarse bien la causa de la explosión, "por una nadería...", pero de tanta importancia en el momento de la discusión, por una pequeña opinión diferente, por la forma diferente de hacer un arroz. Una conversación que va subiendo de tono, que de un tema lleva a otro, de un reproche a otro, de una amenaza a otra, hasta llevar a un sentimiento de ruptura, de enajenamiento, de angustia y de separación... Sentimento que consuma una de las mayores angustias del ser humano, la angustia de separación. La sensación de que esa diferencia que aparece es la pista, el indicio, de que la felicidad que prometía el amor como situación idealizada ha entrado en barrena. Esa pequeña diferencia será entonces interpretada como la luz roja de peligro que nos hará rechazar la dependencia que nos supone la unión, el riesgo que ello conlleva, la exposición al padecimiento. Es decir, un indicio de diferencia frente a lo muy cercano, que creíamos igual, puede provocar el levantamiento de muros, acentuando la separación y la distancia, entrando incluso en comportamientos destructivos.

Que tendemos a rechazar lo diferente no es un concepto ni una actitud nueva. La historia está llena de ejemplos, plasmados en genocidios, guerras y limpiezas étnicas, de los que podemos entresacar este rechazo el concepto de racismo y de xenofobia. Y no nos falta razón, en ellos es evidente que se rechaza lo diferente; por medio de ellos, un grupo o etnia se defiende de una fantasía de amenaza a su identidad, a su cohesión y supervivencia como grupo.

Sin embargo, los mayores pleitos, desencuentros, odios y rivalidades surgen en cuanto más cerca estamos y más parecidos somos al otro. Y es que la similitud, la cercanía, crea paradójicamente a su vez, la necesidad de diferenciarnos, de preservar nuestra individualidad. Así, diferencias mínimas han cristalizado en odios y conflictos salvajes, y en Europa tenemos ejemplos muy cercanos en el tiempo, como la guerra de los Balcanes. Sin llegar a ese estado de cosas, pero a veces, por lo que se puede ver en algunos periódicos, con bastante intensidad, tenemos el ejemplo cercano del pleito insular entre Tenerife y Gran Canaria, las llamadas islas hermanas, las dos mayores, con algún matiz diferente en el acento, otras pequeñas diferencias y grandes y ya históricos pleitos.

Y frente a la amenaza, el pleito, la solución más primitiva y primaria, consiste en la separación del otro, la distancia, las barreras, como en el mito de Narciso, atrapados en nosotros mismos, sin poder desviar la mirada de nuestra propia imagen en el espejo. Ese narcisismo en cierta medida es necesario, en el sentido de que nos permite establecer una concepción clara de nosotros mismos y nos ayuda a poner límites necesarios, pero un narcisismo que no tiene a su vez límites nos arroja al aislamiento dentro de una situación ególatra, en la que es imposible la comunicación, la comprensión y la flexibilidad frente a las diferencias. La soledad de la que tanto adolece nuestra sociedad, puede ser la protección más inmediata, pero es también la más desvitalizante y nociva. La unión con otros, diferentes y en aceptación de las diferencias, en la lucha por un bien común, socialmente o en situaciones personales, como la pareja que se peleaba por el arroz, es definitivamente una mejor opción a intentar.



* María Reyes García Trujillo es doctora en Medicina, psiquiatra y psicoterapeuta.

LOS EFECTOS DEL DIVORCIO

Fuente/Autor: N. Ramírez.

Preocupados por los aspectos legales y por su situación de pareja, los padres suelen relegar a un segundo plano las repercusiones emocionales que produce la separación de los hijos.

Niños y adolescentes, que han sido testigos de peleas y conflictos, se encuentran repentinamente con la determinación de los adultos. Y, casi siempre, sin demasiadas explicaciones a cambio.

Las secuelas que puede dejar un proceso de divorcio son difíciles de generalizar. Cada niño es un mundo, pero generalmente de tres a cinco años, los pequeños tienen miedo a ser abandonados por sus padres, se vuelven más caprichosos, se dejan llevar por rabietas, se hacen pis, empiezan a dormir mal; se seis a doce años, su carácter es más retraído, agresivo, pueden tener problemas escolares, añoran al padre con el que no conviven y fantasean con que su familia vuelve a estar unida.

En la adolescencia, lo más frecuente es que adopten un papel de adulto que no les corresponde o que tomen partido y rechacen a uno de sus progenitores. El niño que antes era sociable, se vuelve huraño; el que llevaba un buen rendimiento escolar, repentinamente sufre un bajón... Es en estos momentos cuando hay que sospechar que nuestro hijo puede estar atravesando un cuadro depresivo.

En los casos más conflictivos, la separación puede conducir al chaval a una grave pérdida de autoestima y hacerle afrontar la vida adulta con una precariedad de ánimo y temor ha hacerse mayor, lo que se denomina el síndrome de Peter Pan.

Psicólogos y psiquiatras coinciden en que la mejor forma de evitar estas situaciones es comunicarse abiertamente con los hijos. Aunque sean pequeños, hay que contarles lo que va a pasar y tranquilizarles sobre su futuro. Y sobre todo, dejarles muy claro que la separación de la pareja no significa la separación como padres.


Tomado de www.diariopinion.com