Por Alicia Dujovne Ortiz
Podía leerse entre líneas, pero ha tomado estado público: apenas un mes después de las elecciones perdidas por el Partido Socialista francés, Ségolène Royal y François Hollande, su "compañero sentimental", como suele decirse, han resuelto separarse. Para mayor precisión, ha sido ella quien salió a la palestra para explicarlo todo: que le había solicitado al padre de sus cuatro hijos el abandono del domicilio; y que éste, François Hollande, podía considerarse libre de vivir por su lado la relación, también sentimental, de la que los franceses acababan de enterarse a través de un libro, La femme fatale . En lo que ambos han coincidido es en la necesidad de demandar por la módica suma de 150.000 euros a las osadas periodistas que revelaron la existencia de ese desliz.
Si la posibilidad de la separación podía leerse entre líneas, no era porque el regordete François Hollande, apodado "frutilla silvestre" por sus cachetes sonrosados y su carácter jovial, apareciera como un irresistible Don Juan. Esa posibilidad se vislumbraba a través de ciertas opiniones vertidas por Hollande sobre las ideas de Royal ("eso lo piensa ella, no yo", solía contestar con acritud cuando la prensa lo acosaba); pero sobre todo se traslucía a partir de la experiencia. Por poco que conozcamos la vida, ¿resultaba creíble que un político ambicioso como Hollande, secretario del Partido Socialista, al que maneja desde hace años, se tragara tranquilamente el vertiginoso ascenso de su mujer, que en pocos meses conquistó a una gran mayoría de militantes de su partido, desplazó a los viejos "elefantes" Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius y, por encima de todo, lo desplazó a él? La sonrisa de Hollande se iba crispando de a poco, mientras su pimpante compañera embellecía por minutos, revelando una pujanza, una tenacidad y una libertad de criterio insospechados hasta entonces.
Royal no convenció del todo, ni a los franceses en general ni a la totalidad de los militantes de su partido, en particular. Es inútil preguntarse qué habría sucedido con estas elecciones recientes si los socialistas hubieran elegido como candidato presidencial a Dominique Strauss-Kahn, sólido economista y socialdemócrata de tendencia centrista, o a Laurent Fabius, que representa el ala izquierda del PS. Quizás, de todos modos, gran cantidad de franceses habrían optado por Nicolas Sarkozy, que les servía en bandeja la justificación de su xenofobia, pero quitándoles el bochorno de votar por Le Pen (aunque en las elecciones legislativas que acaban de desarrollarse, muchos de esos electores han demostrado su mesura de siempre, al quitarle poder a un Sarkozy que se anunciaba demasiado mandón).
No podemos saber, ni tiene sentido tratar de averiguarlo, si la "culpable" de la derrota socialista fue una Royal todavía poco fogueada. Lo que para algunos votantes representaba un mérito (sus principios inamovibles, su defensa de los valores de la familia y del orden), para otros era -sumado a su figurita de niña bien, sus saquitos cortones de tonos pastel, su segolangage , o "segolengua", constituida de frases hechas, machacadas con insistencia- francamente irritante. ¿Pero qué defectos y virtudes les habríamos encontrado a Strauss-Kahn o a Fabius de haber sido ellos los elegidos para torear a Sarkozy?
El caso es que Ségolène perdió. Que diez minutos después de su derrota los "elefantes", comenzando por Strauss-Kahn, le enrostraron su fracaso sin ningún miramiento. Y que, no mucho después, se vio obligada a reconocer el derrumbe de su pareja. Ella misma manifestó que no habría lanzado la noticia de la ruptura de modo tan abrupto, en plena campaña legislativa, de no mediar la aparición del fatídico libro.
Es aquí donde el tesón que había revelado mientras fue candidata a la presidencia nos vuelve a impresionar. "Cuando Lionel Jospin perdió en 2001, abandonó la lucha -ha declarado hace unos días-. Cuando François Mitterrand perdió en 1974, decidió continuarla." Discípula del segundo, junto con el que trabajó desde muy joven, Ségolène Royal se apresuró a dejar en claro sus intenciones instantes después del triunfo de Nicolas Sarkozy, al multiplicar los llamados a capitalizar el inmenso movimiento suscitado alrededor de ella y a renovar el Partido Socialista sobre otras bases (vale decir, sobre las de ella). Quienes se asombraban de verla sonreír sin pausa tras la victoria ajena, tal como había sonreído mientras pudo creerla propia, habrían hecho bien en comprender por qué seguía contenta. Razón no le faltaba: de ser una figura relativamente secundaria dentro del socialismo, esta empeñosa combatiente había pasado a adquirir entre los militantes y no militantes un prestigio del que no podía vanagloriarse ninguno de los líderes históricos más curtidos, más canosos y más llenos de mañas.
Su precipitación, por el momento, no la ha ayudado. Al darse cuenta de que Royal pretendía sustituir a su ex compañero como máximo dirigente del PS, proponiendo someter el traspaso a la votación democrática en el seno del socialismo, los "elefantes" han hecho causa común con Hollande, que no entraña para ellos el mínimo riesgo. A todos les resultaba evidente que esa consulta abierta habría beneficiado a una Royal belicosa y no a un Hollande a la defensiva. Era urgente impedirlo, y convocar un Consejo Nacional como el que tuvo lugar a mediados de junio, durante el cual Hollande rechazó sistemáticamente todos y cada uno de los deseos de Royal. No al Congreso anticipado o al voto militante para decidir el calendario de designación del candidato a las próximas elecciones; no a la idea de que existan diferencias entre los militantes, favorables a Royal, por un lado, y los dirigentes, por otro. Durante ese Consejo, limitado a estos últimos y al que ella ni siquiera asistió ("tenía obligaciones para con mi región, el Poitou-Charentes, y preferí quedarme entre personas tranquilas", argumentó con otra sonrisita de las suyas), el nombre de Royal fue escandalosamente silbado por la coalición viril.
Confieso que, hasta la fecha, la solidaridad de género no me había inclinado en pro de Ségolène. Los prejuicios relacionados con sus chaquetitas blancas y sus criterios asaz conservadores, típicos de una hija de militar, me hacían preferir, en cierto modo, a Strauss-Kahn y, sin lugar a dudas, al excluido de siempre, Michel Rocard. Ambos se habían colocado en una posición de entendimiento -relativo en el primer caso, total en el segundo- con el partido de centro liderado por François Bayrou; entendimiento que, de haberse realizado, habría derivado en una segura victoria de la centroizquierda, eliminando a la derecha y ultraderecha sarkozianas. Y sin embargo ha sido ella quien se animó, por su cuenta, a telefonear a Bayrou, antes de la segunda vuelta electoral, y es ella quien se atreve a levantar la perdiz, pronunciándose en contra de ciertos puntos clave de su programa partidario, que durante su campaña no había tenido más remedio que defender y que hoy declara poco realistas: la ley de las 35 horas de trabajo semanales y el aumento del salario mínimo a 1500 euros. Sin entrar a considerar si acierta o desbarra, se diría que los golpes sufridos en el terreno político y privado le han dado alas como nunca.
Hollande y Royal se conocieron en la Universidad, tuvieron sus cuatro hijos sin casarse y han representado en forma convincente el papel de la pareja evolucionada cuyos dos componentes alcanzan el mismo nivel. Como decía un psicoanalista francés al analizar la separación de estos compañeros de vida y de militancia, resulta decepcionante que esa imagen idílica haya sido reemplazada por la tanto más consabida y burguesa del marido infiel, si bien haberle pedido a éste que se fuera de la casa con su infidelidad a cuestas dista leguas del esquema tradicional (la mujer que aguanta y que perdona), al que Hillary Clinton, en su momento, optó por plegarse.
En realidad, al aludir a esa "experiencia de la vida" que me hacía dudar de la solidaridad de un hombre político repentinamente desplazado por su mujer, tenía en la memoria las teorías de otra psicoanalista francesa, Antoinette Fouque, fundadora del MLF, o movimiento de liberación femenina, de su país. En su libro Il y a deux sexes ( Hay dos sexos ), Fouque analiza los resultados concretos de esa independencia, que a ella no le suenan del todo positivos. Antes de independizarse, sostiene, la mujer tenía a su lado a un hombre que representaba al padre y que, por lo tanto, podía ser autoritario, pero también protector. Después, lo que consiguió fue tener un hermano. Y los hermanos, según Fouque, son siempre celosos. Un padre logra enorgullecerse ante los éxitos de la nena; un hermano competirá sin lástima.
La novedad, en el caso de Ségolène Royal, es su absoluta negativa a quedarse en el molde. Se la podrá acusar de cualquier cosa menos de resignada. Los que han observado la relación de la mujer francesa con el poder han concluido que ésta suele ceder su lugar. Aunque haya desarrollado una carrera exitosa, admite no acceder a los puestos más altos para no verse involucrada en una lucha sin cuartel. A ese precio, el poder no le interesa lo mismo que al hombre. Hay menos mujeres en la cúpulas partidarias en Francia que en España. Esto es aun más curioso si se considera que en la vida cotidiana la francesa goza de una notable autonomía. Es en la brega política donde acostumbra hacerse a un lado. Por otra parte, en Francia, la infidelidad conyugal no escandaliza tanto como en los países anglosajones. Ségolène se distingue de sus coterráneas en estos dos aspectos: una absoluta exigencia de honestidad y una pugnacidad que volvería imposible reeditar con ella aquel Día del Renunciamiento, en la Argentina, cuando, en agosto de 1952, Evita se vio obligada a rechazar la vicepresidencia que el pueblo peronista la incitaba a aceptar.
Relacionar esta historia con el caso argentino actual sería tan obvio como injustificado. Por lo que hasta aquí puede verse, la pareja Néstor-Cristina Kirchner ha concretado un acuerdo sin fisuras. Dejemos la bola de cristal a un lado y limitémonos al caso francés, que sí tenemos ante la vista de modo inocultable. Ségolène Royal está demostrando una capacidad de sobreponerse a las malas jugadas y de enfrentar a la plana mayor masculina dentro de su propio partido, que arriesga convertirla en una criatura política de la talla adecuada.
Nada como una buena decepción para templar los ánimos. Resta saber si los militantes de base continuarán apreciando su coraje; si ella misma podrá evolucionar hacia un discurso menos rígido, y si el fenómeno Ségolène habrá sido una breve llamarada, atizada por el padre, Mitterrand, y apagada por el hermano celoso, o un fuego duradero alimentado por los hijos, esos jóvenes socialistas nacidos en un tiempo que ya no envidia tanto el triunfo de una mujer.
Tomado de www.lanacion.com.ar


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