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martes, 2 de octubre de 2007

¿Mentir o no mentir? He ahí la pregunta.

 

El asunto de la verdad y mentira no tiene nada sencillo. Toda esta reflexión viene porque el otro día veía una película en la que un padre mintió acerca de su salud porque no quería que su familia se enterara de su enfermedad terminal. Las enfermedades, supongo, siguen con el dicho del amor y el dinero que no se pueden ocultar, y cuando finalmente se enteró, su hija le reclamo la mentira. Ella tenía derecho a decirle cuánto lo amaba antes de que él muriera. Él contestó que tenía el derecho a callar porque simplemente no quería preocuparlos. Complicado ¿Verdad?

Indiscutiblemente hay muchas cosas en las que tenemos derecho a conocer la verdad. Un médico no puede mentirle a su paciente acerca de su salud, por triste qué sea el diagnóstico. Tiene la obligación (incluso legal) de informarle toda la verdad; el paciente, a su vez, tiene el derecho de decidir con quién lo comparte.

¿Debemos contestar con la verdad a ciertas preguntas? Vamos a ver. Lo ideal es no mentir. La verdad tarde o temprano sale a la luz, y creo que a la larga decir la verdad trae menos complicaciones, por dolorosa que nos parezca la verdad en ese momento. Pero eso no quiere decir que estemos obligados a decir siempre la verdad, ni a todos, y mucho menos en cualquier situación.

Por ejemplo: Creo que a todos nos queda claro que ante la pregunta de una novia de "¿Cómo me veo?", la única respuesta posible es: "Te ves divina" (o su equivalente). Contestar cualquier otra cosa a una novia ya vestida y a minutos del casorio es una crueldad. Punto. Cuando las cosas ya no tienen remedio ni posibilidad de arreglo, para qué amargar la realidad. Una mentira piadosa es mejor que la verdad.

¿Y ante una pregunta comprometedora? ¿Debemos confesar siempre la verdad? Creo que si de nuestra respuesta depende una decisión de vida para otra persona, estamos obligados a decir la verdad. Como en el caso de las preguntas acerca de nuestros sentimientos (Sí, ese eterno: "¿Me quieres?") y del futuro de la relación, el otro tiene derecho a saber qué terreno pisa.

Hay quienes piensan que ante los reclamos de infidelidad (a pesar de que sean ciertos y fundados) hay que aplicar la filosofía del "Niégalo todo": "¿Que te dijo quién que me vio con quién? No, tesoro, imposible: no era yo. ¿De qué fotos hablas? Cielo, o es un photoshopazo o sería mi hermano gemelo. ¿Cómo que cuál gemelo? Ah, no te había dicho. Ay, mi vida, se me pasó comentarte, tengo un gemelo". Supongo que es raro obtener la verdad en este tipo de preguntas. Lo más común es obtener una negativa. Ya cada uno sabrá si se conforma con la respuesta o echa mano de las habilidades de un Sherlock Holmes de a tanto la hora para apañar a su pareja y tomar las decisiones que crea pertinente.

Sí, creo que una persona tiene derecho a saber si quien le juró fidelidad le está cumpliendo. Es un derecho personalísimo. Pero también creo que esa pregunta no le atañe a otra persona; no es cuestión de que te pregunte la banda, tu amigo fulanito, tu íntimo, el cuñado y mucho menos familiares. Nadie. Incluso en caso de que seas una figura pública, el asunto de la infidelidad le atañe sólo a tu esposo o esposa. El que Bill Clinton le haya puesto los megacuernos a la Hillary es bronca de pareja; que mienta bajo juramento ante la pregunta, es bronca de una nación. Otra cosa hubiera sido si de entrada hubiera aceptado todo pero dejado en claro que era un asunto entre el y su mujer y sanseacabó.

Hay otros que ante las preguntas comprometedoras no niegan nada: preguntan de regreso. Es la filosofía de "voltéaselas toditas". Por ejemplo, si te pregunta tu jefe si eras tú quien estaba en el edificio de la competencia, y si practicas esta filosofía de no aceptar nada ni negar nada, preguntarías de regreso: "¿Acaso me estas espiando? ¿Hablas con la competencia?"

Si estas preguntas comprometedoras acerca de nuestra vida privada vienen de nuestros propios hijos, hay ciertas cosas que no son de su incumbencia, como también hay muchas otras de su vida que no son de la nuestra. Y así hay que entenderlo.

Todos tenemos derecho a tener una vida privada, pero cuando se trata de políticos, la regla cambia. Ellos sí están sujetos al escrutinio público. Si por ejemplo el Presidente toma Viagra, es su problema; pero si toma Prozac o alguna otra droga que le altere el juicio, es nuestro. Por comprometedoras y molestas que sean las preguntas acerca de la procedencia de sus bienes, ellos tienen que responder. Ellos deben rendir cuentas y nosotros tenemos todo el derecho a cuestionarlos. Sí, como ciudadanos tenemos derecho preguntarles y a que nos respondan. A mí me gustaría saber cuánto costo el plantón, de dónde salió el dinero para financiarlo; cómo obtuvieron (los Fox, Montieles, Bibriesca y demás) esas suntuosas mansiones y cuentas bancarias que sus sueldos, ya de por sí altos para lo que hacen, no podrían pagar. Total, el que nada debe nada teme y mejor demostrarnos su honestidad. Claro que éstos salen más cínicos que los infieles y no confiesan nunca.

Tomado de www.milenio.com

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