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jueves, 22 de noviembre de 2007

¿Qué violencia mata a la mujer?

 

 

EN enero de 2001 publiqué en este diario un artículo titulado Violencia doméstica. En ese primer acercamiento al problema que padecemos resaltaba su honda gravedad, mi infidencia a las medidas penales adoptadas, mi inquieta certidumbre en el diagnóstico de sus causas. Estas muertes -estos asesinatos- han aumentado de forma alarmante: anualmente se han duplicado. Todos los remedios jurídicos, de política de Estado y de concienciación social, propuestos y practicados en este largo lustro transcurrido, no han dado, no podían dar, los resultados positivos que de ellos se esperaban. Después de las víctimas del terrorismo, estas cifras -las fijan las estadísticas- ocupan un segundo lugar.
Ni violencia de género -no puede ser más desafortunada la calificación-, ni violencia doméstica, ni violencia sexista, ni, mucho menos, violencia machista. No se mata a la mujer desde esas perturbaciones, desde esas circunstancias. No es un asesinato común: es la resultancia odiosa, vituperable, patológica si queréis, de una crisis grave en la convivencia; de una ruptura traumática; de una desafección profunda y desequilibrada; quién sabe -y como abogados lo decimos con respeto, con temor, con pesar-, tal vez, de una sentencia no injusta no nos atrevemos a pronunciar esta duda, pero acaso desmedida, no ajustada al futuro doloroso que se abre con temblor al matrimonio desunido, a la pareja rota, en sus relaciones quebradas paterno-filiales, patrimoniales y económicas.
Muchos aspectos han confluido insensiblemente en la dispar evolución de la institución matrimonial y en el comportamiento social de la pareja. Tanto el matrimonio, como la mera convivencia heterosexual -y, en nuestros días, la homosexual, consagrada legalmente-, se engranan, al margen de otras confrontaciones superiores, en una serie recíproca de concesiones constantes; de amor, de sacrificio, de renuncia, de misericordia, de piedad: sentimientos entibiados en el mundo que vivimos.
Esta cadena de mutua comprensión salta y se rompe frente a un comportamiento arbitrario, injusto o fortuito, de uno de los dos, y se hace añicos cuando surge el agravio irrestañable y nos coloca en el abismo que nos sustrae de la razón, de la lógica, de la serenidad, del perdón. Se ha producido en nosotros una guerra íntima y no sabemos si vamos a pelear y cómo vamos a pelear. Ya decía La Rochefoucauld -el pensador tan citado por Azorín- que el amor se convierte insensatamente, en ocasiones, en odio perturbador y peligroso. La crisis matrimonial es degenerativa e irreversible -como hace algunos años lo era el cáncer-. En nuestra larga vida profesional hemos asistido a contados casos de reconciliación. Y fijémonos bien en las motivaciones de estas tragedias.
Al margen del índice mayor, más acusado, de extranjeros -la población inmigrante sin holgura ni estabilidad-, por sus distintas culturas o atavismos, en la violencia que mata a la mujer hay detrás siempre una separación contenciosa, arriscada, o un vano intento de reflexión y prueba, con la torpe esperanza de un cambio en los comportamientos. La reconciliación de los cónyuges es problema que debe afrontar, con alguna frecuencia, el matrimonialista. Pero cuando se plantea en su despacho el asunto litigioso viene ya rebotado de la intermediación infructuosa de los familiares más directos y de sus consejeros más cualificados -sacerdotes, psiquiatras, psicólogos-. Nadie puede salvar esta crisis. Cuando se mantiene un matrimonio roto, en su esencia, lo es siempre por cuestiones extrínsecas a la propia relación amorosa, y aquello ya no es un matrimonio sino una estampa pálida y vacía de una convivencia infecunda, llena de sobresaltos y de diarias recriminaciones.
Matan a sus mujeres aquellos que cargan sobre sus espaldas una separación difícil o se han reconciliado torpemente para probar mejor fortuna en una convivencia insoportable. No dialogaron; no alcanzaron un acuerdo; no firmaron un convenio para pulir sus diferencias. Aparecen desencajados, reivindicativos, cruelmente distantes -borrando su pasado feliz y hasta el nacimiento de sus hijos-: «Maldito el día que te conocí»; «Para mí eres un difunto», susurran en enigmática premonición. Porque también algunos hombres mueren en esta batalla de cada día. Ahí está la altísima labor del profesional, y por eso no comprenderemos nunca al psiquiatra Rojas Marcos -en su libro La decisión de divorciarse- cuando afirma que «cuantos más acuerdos se establezcan directamente entre los esposos, al margen de sus respectivos representantes legales, mejor librados saldrán». Todavía no ha aparecido en mi despacho, en cincuenta años de trabajo, un matrimonio con su acuerdo debajo del brazo.
Los abogados de oficio han denunciado recientemente el uso y abuso de denuncias falsas en casos de supuesto maltrato familiar: un millón de casos al año. Han denunciado, igualmente, la falta de presunción de inocencia de los acusados; el desamparo del hombre ante unas medidas establecidas con carácter urgente «sin las garantías procesales de un riguroso procedimiento civil de separación o de divorcio». Porque estamos asistiendo en la práctica a la ineficacia de las órdenes de alejamiento. Muchos alejados vuelven, retornan a sus viviendas y cometen el crimen. No puede colocarse en el santuario de la habitación conyugal a un policía vigilante y disuasivo.
La terrible culminación de las crisis de convivencia en asesinato «el sesenta por ciento de mujeres; el cuarenta por ciento de hombres», aunque estos datos no se publican en su integridad estadística, es una lacra que está azotando al mundo, especialmente en aquellos países lejos de los puntos cardinales de la ética. Contra la represión de los ordenamientos penales hay que buscar salida en actitudes, desde la primera educación, integradoras socialmente. No debe incidirse en buscar permanentemente la causalidad en ansias primitivas del poder y del dominio sobre la mujer «que nuestra sociedad ha vuelto del revés en casi todas las instancias». Y no menospreciar la tradición de los valores y de las virtudes humanas.
Tampoco son exactas las tesis inspiradoras de nuestras leyes contra la violencia, que parten de los estudios de la psicóloga Lenore Walker, recogidos en el llamado síndrome de la mujer maltratada, y que extiende la cuestión a todos los ámbitos sociales, sin distinción alguna. En núcleos de población más pobres y menos higiénicos prolifera, en mayor medida, la repetición de estos casos inadmisibles, así como entre individuos de baja extracción social o menor cualificación educativa y profesional.
Pero la Ley, que puede proporcionar a las mujeres beneficios más inmediatos, en cuanto a los efectos civiles de la ruptura, hace que se busque en ella un amparo, a veces, torpe, abusivo y falso, y su consecuencia es una congestión judicial desproporcionada y neutralizadora de la recta administración de la Justicia. Sin embargo, en estos últimos años, hemos defendido asuntos en que se hallaban encausados personajes de relieve -médicos, arquitectos, abogados, empresarios conocidos-, siendo el hecho más notorio a consignar que, en un altísimo porcentaje, las denuncias eran absolutamente falsas y no prosperaron sus pretensiones judiciales.
La tradición no es, no será jamás, una mano muerta; es un manantial vivo y pujante. La quiebra de la tradición -arrasar o confundir las instituciones-, no escuchar el latido pretérito por el oído de la Historia, o adulterarla caprichosamente, está arrumbando en España las mejores cualidades morales, que hacen digna, elevada y soportable la vida humana. La solución del problema no está en apósitos penales de urgencia ni en recetas de palabras superficiales o superfluas. Es una cuestión, lentísima, de educación y de enseñanzas dignas y constructivas.
No es que no estemos abiertos a las vías del progreso -el progreso es la moral convirtiéndose en Derecho-. Por esos cauces nuevos de la libertad de la igualdad deben correr, limpias e impetuosas, las aguas de los principios inalterables. Las parejas se matan porque la violencia es una solución, rápida pero abominable, ante situaciones angustiosas e insuperables. Quienes sobreviven se suicidan o se entregan: son conscientes, en la turbulencia de sus pasiones, que han obrado radicalmente mal. No se lo ha dicho nadie: lo saben sus corazones.
 
Tomado de www.abc.es

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