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Imponer esta disciplina malentendida no evitará una reflexión sobre el reparto de responsabilidades y las causas del desafío a la autoridad del docente. El entorno familiar del alumno debe replantearse porque ser padres va más allá de la perpetuación de la especie. Esperar que el mentor de nuestros churumbeles o su centro educativo ocupe nuestro lugar, supone ya un error significativo. Desde su nacimiento, convertimos a la criatura en devoradora de regalos inútiles por ese sentimiento de culpabilidad que nos abruma al pasar tantas horas fuera de casa y no siempre por trabajo. Esclavizamos a los abuelos que tratan de suplirnos y rivalizamos con otros padres en esperpénticos cumpleaños y comuniones que satisfacen nuestros egos y modelan la personalidad de nuestra prole. Esperamos que la escuela controle porque para eso pagamos, como si la enseñanza fuera otra más de nuestras adquisiciones o actuara como la guardería por horas a la puerta del cine. A cambio de chucherías, queremos que usen el retrete y razonamos con ellos que su aprobado en las aulas, en lugar de constituirse como el fruto de su esfuerzo y única obligación, se requiere para regalarles la moto. Y si esa tarde deben realizar sus tareas, nos presentamos ante el profesor para criticar un exceso de trabajo que impide al alumno estar con sus abnegados padres. Por suerte, hace décadas que desapareció en España la explotación infantil pero en esta sociedad de telenovela queremos que no sufran como nosotros y que tengan lo mejor. Así los idiotizamos y hacemos dependientes de los bolsillos que satisfacen sus demandas. Liberados de cualquier exigencia y conscientes del poco respeto que sentimos por la institución educativa, no es de extrañar que los chavales, acostumbrados a hacer lo que les da la real gana, se rebelen en las clases y pretendan que se haga su eterna voluntad. De la tiranía de los hijos, somos los únicos culpables. Su prevención no se consigue con emplear formas en desuso que marcan distancias, sin menospreciar la labor de antaño de famosos payasos televisivos que nos saludaban con aquel: «Cómo están ustedes». |
Tomado de www.elmundo-lacronica.com


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